
Poco a poco me voy
apagando. Mi cuerpo
ya no es aquella ardilla
que, pronta, se perdiese
por lo alto de los troncos
entre las nubes. Digo
que ya no tengo fuerzas
para el amor ni para
la guerra: recluido
entre estos cuatro muros,
me voy debilitando
poco a poco. ¡Ay, edad,
qué pronto que te fuiste!
Que mis lloronas lloren,
que quemen mi cadáver.
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