
Las horas, que se escurren
--y no hay nadie que pueda
fijarlas en un punto--,
son como un vaso en medio
del desierto, colmado
al principio de agua.
El sol, inapelable,
la evapora de a poco,
si es que no la ventisca
lo vuelca. Se evapora
el líquido, o se vierte:
sólo un vaso es la dócil
vida, y no se repite.
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