Ahí estabas, sin rostro
--hablaban nuestras almas--,
diciéndome que había
descuidado tu ser.
Yo comprendía, un tanto
sorprendido, que nunca
te había merecido
en lo que sos. Expuesta
por esas dimensiones
sin apariencia, tuve
vergüenza de mi cuna.
(Un hálito de luz
me acariciaba. Costas
de un mar de cielo intenso.)

No hay comentarios.:
Publicar un comentario